Y perdió su ruta el olvido, la nieve que apaga el fuego de este amor acaso se quedó atascada y mientras ... ¡yo  moría!

No supe cuándo ocurrió que me perdí en sus ojos de gitano, ni cuándo este frenesí empezó a ahogarme sin fin, aun sabiendo que este minúsculo sabor a felicidad era un sueño para mí. Y claro, eso pasó porque él, viendo todo dentro mío, idiota yo se lo mostré, desnudó mis más recónditos secretos. Fue esa conexión del alma, de los ojos, de la música, de la piel y de los sueños la que me condujo hasta las estepas de este amor, y como ellas, ardió en el verano cálido de su mocedad y se congeló en el invierno de su ausencia. 

Tal vez para el gitano, por su condición, no hubo la misma conexión. Mi confiabilidad feneció ante su volatilidad. Como los gitanos, el nomadismo envolvía su hado, con frenesí arrogante caminó siempre enmarañado entre su incapacidad de amar y los besos vacantes que todo el tiempo, antes, ahora, y siempre, se rendían a sus ojos. Mientras, con una vulnerabilidad que, al contrario de su sentido, me vuelve más fuerte cada día, me sorprende que este amor crece con una honestidad brutal, y con una firmeza como si existiera el otro lado del hilo. Esto es lo bueno del amor y lo que hace confirmar mi pensamiento, el amor es una decisión y no una emoción finita o temporal, mientras una decida amar, florecerá como trigo en abril. Abundará cual orquídea de febrero. 

Esa estructura del amor, fundida en mí, es sólida, soy Tramontana, y cualquier brisa de Lebeche no me  eclipsará ni disminuirá la fuerza de mi amor, de este amor en construcción perenne. Esta historia que comenzó a escribirse con la letra "A" de Amor, A de su nombre, está hecha a pulso de puro sentimiento fuerte y leal. 

Cuando se ama ha de ser con pasión, lealtad y fuerza, el amor no merece menos, y no seré yo quien menoscabe mi propia percepción. Viajaré conmigo de la mano, con todas las mujeres que fui, las que soy, las que quiero ser, para descubrirme, para  reinventarme y develar qué es aquello que ha determinado la forma decisiva en la que amo, no porque la quiera cambiar, ¡no! sino para revelarme, reencontrarme y validar el poderío y firmeza del amor, avante, siempre la mira hacia adelante. 

Esta cosa del amor, cuando es una decisión, va más allá de lo que queremos ser o hacer, supera nuestras fuerzas, no importa lo que venga, no importan los azotes de la indiferencia, la deslealtad o la mentira, el amor subsiste... pero hay que tener la gallardía de enarbolar el amor en la cima de la vida, no como los hipócritas que dicen amar y es solo egoísmo, como para obtener algo a cambio, amor, amistad, sexo, cuerpos, risas, energía, tiempo, favores, atención o cualquier cosa que se quiera. También lo suelen expresar como cariño temporal, por horas, por días o por meses hasta que se pase el  febril deseo material. O, como aquellos que citan versos de poeta sin saber siquiera cómo es el amor, como cuando alguien cita a Neruda "Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida", pero jamás dejan  que el amor los salve de algo, no son generosos ni honestos en el amor que ofrendan, no es transparente el sentimiento ni confiable, entonces, no es coherente y la coherencia es indispensable en esto de amar. No se acercan un poco a poder amar con frenesí, con libertad, no hay relación con lo que predican. El amor, en cambio, es todo coherencia, palabras, actos, sentimientos, gestos, valentía, pasión, afinidad completa. 

Sí que es difícil ser coherente en la vida y conectar corazón con pensamiento, éste con la palabra y ella con la acción; sentir lo que se piensa, pensar lo que se dice y hacer lo que se habla no es fácil, pero es muy posible, solo se requiere compromiso por hacerlo y un corazón decidido, leal y apasionado. 

En medio de tal lealtad, esa que nos arroja, contrariamente, a no estar en otra compañía, qué soledad se siente a veces, ¡¡sobre todo cuando estás rodeada de tanta gente!!... es ahí cuando más sola te sientes. Cuando esa luz que como un círculo te concentras para ver, y que como la alfombra por la que pasas tus pasos desaparece sin piedad, sin empatía, es tan cruel como la traición de madrugada, llueven una a una todas tus estrellas y entonces todo queda oscuro, y tú sabes que Dios está aquí, claro que lo sabes, pero algo extraño continúa, igual anhelas, igual quieres un oído que te escuche, una voz que te cuente sus íntimos secretos y abrace los tuyos. 

Es en ese momento cuando me miento, cuando creo que existe alguien esperando un amor como el que ofrezco, cuando quiero soñar y creer que ese amor, esa forma particular de amar, va a encontrar eco en otro. Me miento diciendo que habrá alguien en el mundo que reconozca y ame sin tener que estar lejana y distante, sin querer, como con hipocresía, para interesar. Alguien, me digo, amará fervientemente mi forma de amar, mi entrega, sin juzgar, sin estereotipar.

Enredada en estas lides, la conversación de mi gata me llama la atención, sí, para sacarme de este marasmo milenario en el que sucumbo más y más, como diciéndome: ¡Oye muévete! y entramos entonces en una grata conversación, le hablo y ella me contesta, también me cuenta de sus soledades, de cómo ha sentido abandono cuando la he dejado un par de días, como queriéndome decir que esto pasa en todo el universo, como para bajarme de la nube. Sin embargo yo le insisto, me gusta esa nube del amor y allí seguiré mostrándome tal cual, sin abandonar ese principio de amor en el que creo, fiel a mí misma. 

Escribiendo esto pienso, si esta oda al amor, fuese la última cena de quien va al patíbulo en la madrugada, si fuese la última oración del moribundo queriendo encontrar paz por sus pecados, si fuese la tierra firme para un árbol viejo, si a las flores de abril les mantuvieran su color estas palabras mías, si revivieran los muertos al oírlas, sobre todo nuestros muertos, no solo los acompañantes pares, sino todos esos otros u otras que estuvieron, como los amores, como el amanecer lento de la llanura, como el río bajo mis pies congelados buscando como salir para evitar el dolor,  como el abrazo furtivo, si solo este poemar fuese todo eso, tal vez habría consuelo.







Comentarios